Artículos » La elección de un tratamiento

Si hay algo tan misterioso como la muerte, ese algo es la vida.

Y me refiero a la vida biológica, a la que tienen los seres llamados “vivientes” de este planeta.

Como la vida es abstracta, es un misterio. Tanto misterio es, que a lo largo de miles de años, la filosofía y la ciencia siguen estudiándola sin llegar a una conclusión única y verdadera.

Los médicos, que lidiamos con ella y con la muerte, nos encontramos frente al dilema de la enfermedad, que es justamente, el punto de unión entre ambas.

¿Tiene algún sentido enfermarse? La enfermedad, ¿representa lo mismo en un vegetal, en un animal y un ser humano? ¿Por qué y para qué nos enfermamos?

Probablemente el sentido de enfermarse cambie si se da en un vegetal, que es pura vida en el más estricto criterio biológico, que si se da en un animal, que además siente y sufre, o si se da en un ser humano, que además de sentir y sufrir, razona y tiene conciencia de sí mismo. Pero todos estos conceptos son refutables, dependiendo del cristal con que se los mire.

Por eso es que, a pesar de estar formada en la medicina convencional (llamada comúnmente alopatía), me aboqué al estudio de la homeopatía y de la antroposofía, con el fin de brindar a mis pacientes más posibilidades de curación.

Estoy convencida de que los médicos debemos tener una formación filosófica que nos ayude a reflexionar sobre estas cuestiones. Y cuanto más sepamos, mejor, porque nuestro trabajo es tomar decisiones acerca de cómo curar enfermedades o, lo que es lo mismo, cómo restablecer la salud.

El paciente puede no tener un criterio formado al respecto, y es el médico quien tiene que informarlo de las diferentes alternativas.

Ese “cómo curar enfermedades” no es algo simple y sencillo. Implica nuestra postura frente a la vida. Porque no es lo mismo pensar que somos un complejo mecanismo compuesto por elementos independientes, a admitir que somos el resultado de un principio vital invisible a los sentidos comunes, que da vida a lo corpóreo (lo que es visible a los ojos).

Si nuestra postura es acorde al primer punto de vista, actuaremos como actúa un mecánico con un objeto inerte: la pieza que está dañada, trataremos de arreglarla. Si algo da dolor, daremos un antiálgico. Si hay inflamación, un antiinflamatorio. Y así iremos “emparchando” las manifestaciones que aparezcan, porque desde este punto de vista, el problema está en cada uno de los componentes del sistema por separado. A su vez, este tratamiento puramente organicista, genera una reacción en cadena que perjudica a otros órganos. Claro está, que quien no quiera ver esto, nunca se percatará de las consecuencias de este proceder y considerará que las afecciones posteriores, son procesos mórbidos  sin ninguna relación entre sí.

Si en cambio nuestro parecer se refleja en el segundo concepto, el foco estará dirigido a la fuerza vital o principio de vida, a ese ente incorpóreo que no vemos, pero que regula todo el sistema y nos da señales a través de los síntomas que percibimos en el organismo físico. Por eso este criterio es unificador, holístico, y cada integrante de la gran organización, está sujeto al comportamiento del resto de las partes. Acá, el accionar del médico no se enfrenta con el órgano aislado, sino que ayuda al ente inmaterial a equilibrarse y, por ende,  a ordenar a todo el organismo.

Y este es el modo de encarar la sanación que tienen las medicinas mal llamadas “complementarias”, ya que, para quienes creemos que es el procedimiento ideal, son las de primera elección.

Pero entonces, ¿hay que descartar la medicina ortodoxa?

Rotundamente no, porque cuando el daño es tan grande que hay irreversibilidad del proceso mórbido, sólo nos queda actuar sobre el órgano, sabiendo que nuestro accionar es solamente paliativo y no va a haber sanación.

Las medicinas holísticas me enseñaron a ver que quien se cura es el propio enfermo mediante su fuerza vital. El médico acompaña al paciente haciendo uso de las herramientas de las que dispone. Pero esta tarea debe ser concensuada entre ambas partes.

Los que se inscriben en la corriente materialista-mecanicista, se contentarán siempre con tratamientos protocolizados en forma masiva, que apuntan al órgano afectado.

Los que tenemos una formación humanista-vitalista, nos abocamos primero a escuchar al paciente, reflexionar con él y luego indicar el remedio apropiado para su desequilibrio vital. Ambos debemos considerar detenidamente las circunstancias que propiciaron y/o propician dicho desequilibrio. Y no me refiero sólo a lo emocional, sino también a los factores alimentarios, climáticos, laborales y todo aquello que hace a la vida de la persona.

Se debe fomentar en el paciente la toma de conciencia de quién es y cómo es, sin que ello implique juicio de valor alguno. Hay personas que jamás han reparado en esto y ante ciertas preguntas nuestras, no saben qué contestar porque no se conocen a sí mismas.

No creo en una medicina universal para todo tipo de problema y para todo tipo de persona. A veces hay que recurrir a la alopatía, pero en la mayoría de los casos, los tratamientos no convencionales, son de primera elección.

Por eso, a diferencia de muchos médicos pertenecientes a la escuela oficial, los holísticos estamos abiertos a diferentes tratamientos según las circunstancias.

Para cumplir este objetivo, es necesario el conocimiento no sólo de la medicina en sus diferentes matices, sino también de los paradigmas sobre los que se construye el concepto de lo que es la vida. Sólo así podremos comprender y saber acompañar a personas con distintos encuadres respecto de los conceptos de salud, enfermedad y curación.

No es una tarea fácil la de ser médico. Tampoco la de ser paciente. Pero en la conjunción del esfuerzo compartido, la elección de un tratamiento correcto hace factible el camino de la curación.